Ahora está bien difundido el mito de que la internet implica un alcance de la totalidad de la música, que solo basta desear algo para que aparezca mágicamente en el monitor de su computadora y en su IPod. No está de más recordar cuando en No Country For Old Men Woody Harrelson dice sobre Javier Bardem: “Él es un hombre peculiar. Uno hasta podría decir que tiene principios”. Me recuerda que el concepto del Yo no implica ser una especie de dios que lo crea todo con la mente o un vacío total donde estoy solamente solo; o que si uno se muere o se va a dormir entonces el mundo y los Otros se desaparecen. Esa supeditación de lo mundano a lo mental y a lo interno es la base de toda metafísica y racionalismo, idéntica a la creencia que puedo crear categorías y empezar a explicar toda la realidad sentado en la choza (en eso Kant era un verdadero drogo).
Hace poco pitfchforkmedia.com publicó la columna The Out Door #1, donde se habla un poco de eso (usando a la banda Yellow Swans de ejemplo): aún en internet es necesario saber de un artista para tan siquiera empezar a buscarlo; por cada artista que se conoce por suerte, hay miles de artistas que también no va a conocer por suerte, por más que busque; aún en internet hay sitios (como el mismo Pitchfork, por cierto) que se vuelven centrales, hegemónicos, y se institucionalizan dentro de las dinámicas más estrictamente cibernautas; hasta los resultados de búsqueda de Google no son nunca todos los resultados al mismo tiempo, sino que están jerarquizados no solo de manera diferente, sino concreta y material (y esto no “a pesar de”, sino “gracias a” ser información...).
Todos los grados que van de lo socialmente masivo a lo íntimamente personal, o todos los grados que diferencian una exposición “mainstream” de una “underground”, se mantienen. Cada supuesta novedad vanguardista no es más que el momento en que alguna (nunca todas) de estas propuestas culturales “rompen el hielo” y empiezan a circular por los canales masivos. Todas las rupturas (del “jazz”, del “punk”, del “hip hop”) no es que reflejen o hablen de estas cosas en las letras o algo así, sino que se dan, como los movimientos artísticos que son, gracias a esas diferencias prácticas, propias de cualquier economización.
Digamos, en cuanto al “indie rock”, yo sé bien que puedo visitar otras páginas además de Pitchfork o AllMusic, pero lo hago sabiendo que Pitchfork sí determina en gran manera que Vampire Weekend o Crystal Castles aparezca en televisión y radio, o que una aparición en Pitchfork sí es comparablemente diferente a no aparecer ni siquiera en la primera página de los resultados de búsqueda de Google. Este es solo un ejemplo entre varios, el punto es cómo la misma dinámica de la radio y la televisión (o yéndonos al pasado, la imprenta, la escritura y la matemática) se entrecruza completamente dentro del fenómeno internauta, y que esa dinámica, así como demuestra no ser vertical en el sentido tradicional, tampoco es absolutamente horizontal, abstracta o libre.
Creo que habría dos (o más o menos) formas de ver el asunto: una es que TV on the Radio o Arcade Fire, por decir algo, alcanzan notoriedad en Pitchfork y otros sitios hegemónicos, y es por eso que logran después algún tipo de exposición en otro tipo de medios. La otra es que las formas clásicas de producción y difusión (imprenta, televisión, radio, etc) son ellas las que hacen hegemónicos a sitios como Pitchfork, al tomar como suyo el criterio musical del sitio y su respectiva audiencia (lo que hablaría no solo de la capacidad de transformación del capitalismo, sino la capacidad que tiene para someter a distintas formas de arte a su mismo orden repetitivo). No son visiones excluyentes, pero es importante señalar que el que no sean excluyentes implica más bien que, 1) los que tienen la potestad para decidir sobre los espacios de intercambio cultural siguen siendo las grandes minorías empresariales de siempre; y 2) que la Internet produce también su propia jerarquización, no solo por tener o no alguna relación con los medios regulares, sino por su dinámica propia de red.
Esto no es ningún negativismo, esto es anti-idealismo y anti-romanticismo, con todo lo positivo que tiene el destruir idolatrías (¿siglo XVIII, alguien?). Creo que el relativismo que hoy es ley tiene el grave peligro de caer en precisamente lo que dice atacar: anula las diferencias, las particularidades de las situaciones y hasta de los sujetos, anulando su capacidad de dejar de ser neutrales (que sería lo mismo que ser objetivos...) y ser realmente subjetivos sobre las cosas con las que tiene que lidiar. Esto no implica ninguna conciliación romántica: algún tipo de combinación contradictoria es precisamente lo que nunca usaron ni el “modernismo” ni el “posmodernismo”.
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