El arte por el arte, la industria cultural, la música comercial, no dejan de ser arte. Un mae que se llamaba Bertolt Brecht catalogaba a las culturas dominantes como formalistas (incluida la industria cultural “revolucionaria” del stalinismo soviético), y proponía que estos formalismos oficiales no lo son por estar vacíos de contenido, sino por tenerlo, y talvez demasiado: precisamente porque no hay algo mecánicamente monstruoso en la música comercial, es su monopolio sobre la producción cultural el que resulta represivo (en un sentido amplio del término).
Por eso el entretenimiento tampoco es monopolio absoluto de alguna industria de la cultura. Los experimentos “vanguardistas” o independientes, naciendo del hastío con el siempre-lo-mismo, no pueden dejar de ser un entretenimiento. “Placer” o “deseo” o “diversión” o “entretenimiento”, no dejan de ser ninguna de estas cosas (incluso el arte que revele cosas horrendas, da placer por lo que se quiere decir o escuchar). El placer de Britney Spears o el placer de Schoenberg son el mismo placer.
Pero ni saben igual, ni son iguales dentro del juego económico (acordémonos que los juegos son una forma bruta de poder). Las músicas que les llaman “de masas” son decididas por juntas (corporativas, estatales) ultra-minoritarias, la música independiente sigue siendo toda una gran comunidad de productores y consumidores; todo un juego de clases: decir que hay distintas músicas con distintas posiciones en la circulación cultural, es como decir que hay distintos circuitos de difusión y medios de producción desiguales; una contracultura no se opone a una industria del entretenimiento por dejar de tener una producción-difusión-consumo, sino por romperle sus formas típicas.
Es como cuando Michael Azerrad habla de la música independiente (“hardcore punk”, “no-wave”, “post-punk”, “grunge”, etc): donde hay un circuito hay una escena, y donde hay una escena hay una comunidad. En la práctica todo movimiento musical independiente (no necesariamente tienen que sentarse en un escritorio y decir “sí, somos un movimiento”, para ser tal tendencia) es una contra-estructura de facto, una comunidad más o menos pequeña, más o menos grande, de contra-institucionalidad. No se diferencian por ser solo románticamente directas (que sí lo son, también), sino por ser una verdadera apropiación cultural, una verdadera socialización de la producción. Para existir, el situacionismo también necesita circular entre la sociedad.
Es como Goodbye Lenin, cuando el hijo pregunta por los pepinillos en el nuevo supermercado capitalista: no hay; una escena que aunque no sea físicamente violenta (la pobreza puede ser silenciosa y quieta); aunque no sea un policía y un individuo dándose de pichazos en la calle o algo por el estilo; aunque fuera una mayoría que no puede ni oler algún producto cultural; eso ya es lo que un alemán que no es Brecht llamaba ‘lucha de clases’ (así de amplio nacía el concepto, por lo menos, pero pasa que lo no-actual se desecha por cronología, y no por la relación concreta que propone). Como ni la vida ni los humanos funcionan como la(s) moral(es), la satisfacción de las necesidades (arte incluido) en una sociedad (aún en algún futuro paradisíaco, si se quiere semejante utopía inhumana) parece que está atravesada, maliciosamente, por una inacabable disputa de apropiaciones múltiples; un extraño derecho desigual(!). Como dice Talking Heads: en el cielo nunca pasa nada.
Una vez en una pizarra quedó escrita una lista cronológica: impresionismo, cubismo, futurismo, dada, surrealismo, bauhaus, fluxus, etc (o sus desordenados correlatos musicales: “modernismo”, “dodecafonismo”, “música concreta”, “serialismo”, “minimalismo”, “palabra hablada”, etc). Cada uno de estos, a su manera, se convirtió en la moda reificada para la siguiente (excepto el dada, dicen). El momento en que explotaban dentro de alguna ‘industria cultural’ (sea el Gran Salón de París, sea MTV), era el momento exacto de su absorción por el capital; no se trata de dos opuestos exactos, pero sí se trata de una contradicción. Siendo realmente pesimista, esto hace que todo movimiento típicamente experimental sea algo así como un fracaso redondo. Siendo escéptico, es un círculo vicioso (o sea, permanente) de levantamientos en contra de cualquier monólogo totémico que, no está solo sobre la cultura, sino que es cultural.
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