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jueves, 23 de abril de 2015

Música de golpe

No voy a hablar de las canciones de canta-autores que llegaron a tener tanta popularidad entre las emisoras de la resistencia contra la dictadura militar hondureña. Bueno, más o menos sí voy a hablar de una, pero como parte de dos momentos que desde un punto de vista sonoro y musical, me parecieron de los más espantosos, pero igualmente vívidos que se escucharon desde las emisoras de ese país.

Uno fue durante una conversación que tuvo Manuel Zelaya desde su encierro en la embajada de Brasil, con su hija, apodada Pichu, a través de una llamada telefónica de más de una hora que se transmitió completamente en vivo por Radio Globo (después repetirían dos veces esta transmisión completa). En medio del movimiento contra la dictadura, Pichu se había convertido en cantautora de los actos públicos, interpretando precisamente las canciones que los hondureños escuchaban en las madrugadas, mientras vigilaban que las fuerzas del Estado no entraran a sus casas para llevárselos sin saber donde (algo que todavía pasa en estos momentos...).

En una parte de la conversación, la hija de Zelaya le dijo a su papá que quería cantarle una canción. Ella estaba en su casa, con otros familiares, escuchándola hablar y escuchándolo a él en vivo desde “territorio brasileño”. Ella solamente con una guitarra empezó a cantar “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, de las argentinas Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe.

La canción empieza con el coro, que repite: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. Después el verso: “Están atrás, van para atrás, piensan atrás, son el atrás, están detrás de su armadura militar”, donde Pichu hizo un silencio, como cuando se agarra aire, pero era porque estaba dando una señal: los que estaban con ella habían planeado cantar el coro con ella en directo.

Ya no solo no existía el piano de la grabación original, también dejó de tocar la guitarra. Se oían solo las voces de la sala, las palmas de las manos y los zapatos: señoras, chiquitos, hombres con voces horribles y mujeres que cantaban como cualquiera; muy diferente a los arreglos delicados y la producción pulida y recatada del original. Se oían cansados, se oía como funeral y se oía amargo (‘gorky’ en ruso significa ‘amargura’), con todo el ritmo desequilibrado y tétrico de no haber experimentado algo así antes (muy distinto, seguramente, a escucharla de una multitud en las calles), pero que aun así lo hacían.

La otra experiencia sónica fue todavía más expresionista. Afuera de la embajada de Brasil el ejército estaba usando un “juguete” nuevo: el Dispositivo Acústico de Largo Alcance (LRAD en inglés), diseñado por una compañía estadounidense y con estreno mundial en Irak (pero usado también en Japón, Georgia o Somalia, en contra de sus respectivos “opositores”, “terroristas” o “piratas”). Es un arma sónica que produce frecuencias tan fuertes que desestabilizan el organismo de sus víctimas, causando pérdida del oído, de la vista y otros síntomas corporales.


En una llamada de medianoche desde la embajada pusieron al aire los sonidos que el aparato lanzaba. Era una sinfonía futurista, siniestra y perturbadora de golpes secos, susurros y voces, como pasos encima de hojas secas o los sonidos que hace un objeto de metal contra otro. Por supuesto que el volumen es el elemento más importante del arma; bien podían pasar la Patrióticao la canción de Dora la exploradora, y los efectos nocivos estarían presentes. Pero me pareció revelador que escogieran transmitir por horas sonidos de ese tipo, como una proyección de lo que las fuerzas internacionales de la dictadura consideran ofensivo, desestabilizador y amenazante. ¿Qué podía ser más amenazante que estos ruidos completamente distintos de los ruidos que componen una melodía calmada y serena? ¿Qué podía ser más amenazante que estas fealdades completamente opuestas a la perfección, la conformidad y la obediencia?

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