David Keenan publicó un artículo hace unos meses en The Wire titulado Childhood’s End. Habla de los músicos de la escena de noise y música experimental que están usando sintetizadores y música “pop” ochentera trillada. Algo así como un chiste negro de la historia: la música que la sociedad más renegaba, la más representativa del comercialismo y el consumo, aparece ahora en medio del underground experimental.
Me parece que estas ocurrencias se complementan con más que sintetizadores y “pop” ochentero. Keenan menciona a Emeralds, Zola Jesus, Wet Hair, James Ferraro y Spencer Clark de The Skaters, entre otros, pero también menciona a Ariel Pink, el primer músico firmado por Paw Tracks, la disquera que maneja Animal Collective. Parte de su estilo es usar más que solo “pop” en el sentido tradicional del término, y eso lo lleva más allá de los ochentas. Músicos como Black Dice, Eric Copeland, Excepter, Panda Bear y el mismo Animal Collective, y muchos otros, también han venido usando fuentes mucho más variadas de la música “popular” (funk, soul, reggae, folk, etc) para sus monstruos experimentales, sin que quede género musical que no hayan degradado hasta ponerlo de rodillas en el piso... para jugar.
Por Internet flotaron unos e-mails de una conversación entre Keenan y Daniel Lopatin, el músico detrás de Oneohtrix Point Never (y que también es mencionado en Childhood’s End), discutiendo esta supuesta “apertura” de la escena hacia su antítesis. Lopatin fue claro en que hablar de “apertura” es triquiñuelo: si estos grupos se “abren” al “pop”, no es porque estén “cerrándose” a la experimentación para nada; esto no es “retro” ni es “80’s revival” ni es “fusión”.
Parece más bien como si al rechazar una ortodoxia cultural, se encontraran con que habían construido algo similar: una ortodoxia para ser “diferente” o “experimental”, y se han atrevido a destruirla con la misma intensidad con que rechazaron aquella. Un abandono tal de clichés no es, ni mucho menos, universalmente... interesante, pero sí maravilla y divierte a quienes gustan de un movimiento experimental que se mantiene regresando a la experimentación.
Lopatin lo planteaba así: “Ninguno de nosotros es totalmente libre en una cultura, y todos nosotros, en algún nivel, estamos sentenciados a tener que relacionarnos con lo ‘popular’, nos guste o no”. Y es que los músicos mejor que nadie saben las relaciones entre las que toman sus decisiones artísticas y las consecuencias de esas decisiones, no solo por una idea patética sobre el significado, sino hasta por su cochina supervivencia (¿no lo sabrán también los oyentes?).
En la conversación de Lopatin y Keenan también es recurrente el tema del movimiento punk y el post-punk que le siguió. Cuando apareció el punk, el hecho de tocar acordes distorsionados y gritos desaforados no fue algo “random”. Eso no quiere decir que entonces era “trascendental”, sino que tocar acordes distorsionados en medio de gritos despavoridos, para las familias que veían a Johnny Rotten por la BBC , simplemente no era igual a escuchar country o Frank Sinatra. Pero Rotten o Joe Strummer se hartaron, se devolvieron a la idea de cambiar y terminaron haciendo Public Image Ltd. o Sandinista!. Transformaciones como la electrificación de Bob Dylan o la desaparición de los dadaístas fueron, a su manera, lo mismo.
No es nada que Brian Chippendale (de Mindflayer, Black Pus y Lightning Bolt) dijera que había que sacar a los republicanos de la Casa Blanca ; todo es ahora más difícil para la escena experimental, una escena (una comunidad, diría Michael Azerrad) a la que se le cierran más puertas de las que se le abren. Solo gracias a la religión posmoderna se ha olvidado que si todas las llamadas vanguardias artísticas destruyeron algún puritanismo, definitivamente no fue por ser cualquier cosa, sino por oponerse a esos puritanismos; y ahí su placer.
Pocas veces he visto que relacionen al ruido con lo “kitsch”, que no solamente se trata de Jeff Koons, sino que se usa desde el siglo XIX, refiriéndose a las estéticas consideradas “inapropiadas” para el gusto; aparece entre los burgueses, cuando se les apareció el romanticismo (¿o sería al revés?). En este sentido, las vanguardias artísticas tienen en común el usar esta forma de kitsch (este ruido estético, si nos permiten decirlo) para retar el control sobre la creación, sobre la creación crítica en especial, y hasta sobre la creación que es crítica de la creación crítica.
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