Los críticos de música son cada vez más obsoletos, pero no porque estén desapareciendo: sino porque cada vez hay más; personas no solo con voluntad, sino con la posibilidad concreta de expresar algo, sea lo que sea, sobre la música que disfrutan. Si bien la mezcla revolucionaria de computadoras, internet, cámaras y demás herramientas digitales no son ningún paraíso de libertad abstracta y absoluta, por no serlo es que se diferencian y transgreden las relaciones de producción-difusión-consumo que regían una cultura cualquiera (la música en internet es talvez el mejor ejemplo). Para algunos esa abundancia es peligrosa porque pone en duda las torres de marfil desde donde le escupen a todos; y tienen razón: no puede haber una crisis de géneros musicales sin una crisis del comentario, y no puede haber una crisis discursiva sin una crisis de producción.
Así como no hay economía directa, inmediata o “natural” sin artificios ideológicos (todo un arte) de por medio, así también hay toda una cultura de las compras, de las pulperías o los centros comerciales; ciclos sociales perfectamente reconocidos por todos (como el “fin de mes”) que aunque se consideran estrictamente económicos, tienen simultáneamente expresiones distintas. Todo esto juega su parte dentro de una cultura económica, por más que no haya nadie que pueda ni decirlo todo sobre ello, ni en una sola forma monológica. Esa desigualdad común, tan cotidiana como un adorno que puede ser comprado de sobra por alguien y que otros no pueden ni pensar en oler, es exactamente la misma que permite todavía hablar de una producción “underground” o una “mainstream”, con todos sus grises de por medio. De ahí el sin número de indignaciones pudorosas por parte de la burguesía a lo largo de la historia musical que va desde Beethoven (y sus partituras) hasta Wolf Eyes (y sus archivos de mp3).
Y hay una necesidad de no caer en la visión mecánica de algunos materialismos, donde las clases económicas determinan los gustos por causalidad necesaria, a priori, antes de cualquier gusto o socialización. Por supuesto que un “swing” puede sonar en una mansión y una “música clásica” en un bus de Hatillo (lo he visto), pero el que las representaciones sean siempre distintas de la realidad que señalan (... “Esto no es una pipa”...), es precisamente por lo que no son independientes de la disputa desigual de esa sociedad: el arte no coincide con las clases, y por eso su placer mismo (el poder disfrutarlos) tiene que ver siempre con la capacidad o no que tengamos de accederlos y sacarlos de esos contextos económicos que los mantienen cotidiana y regularmente (o sea, hegemónicamente) excluidos el uno del otro.
Por eso no es extraño que una crisis de los géneros se presente en el momento mismo que la audiencia no solo completa una lectura, sino que se convierte en productor directo de sus propias representaciones. Si cualquier revolución técnica es una socialización (para nuestra generación más evidente con lo digital), toda socialización, en una sociedad fundada en la explotación económica (aún dentro de la producción cultural) llevará siempre consigo un signo de monstruosidad (que lo digan los CEO de las disqueras). El ejemplo del “swing” y la “música clásica” habla de cómo no existe ningún arte revolucionario... más que en una sociedad de clases.
Talvez por estas mismas razones el solo empezar a hablar del aspecto social de la música tenga ese aire de academicismo e intelectualismo masturbatorio, una crítica que ya es en sí defender lo social mismo del arte: defender la multiplicidad implica romper con un monólogo total, indivisible, individual... Y no son críticas gratuitas. Se han ganado con creces gracias a la insistencia majadera y reaccionaria de que tener una conciencia gramatical y lingüísticamente idéntica de todos estos temas (por ejemplo, repetir todo lo que estoy diciendo aquí con las exactas mismas letras) es la única forma de tener conciencia de las cosas que estos mismos signos escritos, están suplantando.
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